Acuarela: el arte de estar presente en un mundo que corre demasiado.

 A veces nos perdemos en la rutina y acabamos viviendo en piloto automático. Para mí, la acuarela es la herramienta que me obliga a frenar en seco. No pinto para que el tiempo pase más rápido o para evadirme del mundo; al contrario, pinto para estar presente.

Pintar requiere una concentración absoluta. Tienes que medir la carga de agua en el pincel, observar cómo reacciona el pigmento y decidir el siguiente movimiento antes de que el papel se seque. En ese proceso, no hay espacio para nada más. Es un ejercicio de enfoque donde el ruido de fuera desaparece porque estoy totalmente volcada en lo que mis manos están haciendo. Esa conexión entre el ojo, la mano y el papel es lo que me mantiene anclada a la realidad.

Aquí  os muestro lo que ha salido hoy. Me encanta pintar colibrís, sé que no son los pájaros que veo por mi ventana aquí en España, pero eso da igual. Representan esa naturaleza vibrante que, al final del día, es nuestro sitio de verdad.

Nos olvidamos de que pertenecemos a lo vivo, no a las pantallas ni a las agendas apretadas. La vida que llevamos es un invento reciente, pero el instinto de observar a un ser vivo, aunque sea a través de una acuarela, para entender sus colores y su forma es algo que llevamos dentro.

Al terminar la sesión, lo que queda en el papel es el registro de ese tiempo de calidad. No importa si el resultado es una obra de arte o un simple estudio de color; lo que cuenta es que, durante esas horas, he estado concentrada, he estado aquí y he recordado que hay un mundo real ahí fuera que va mucho más allá de las facturas y el reloj.

A veces solo necesitamos un pincel y un poco de agua para recordar dónde estamos realmente.

Gracias por leerme.


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